miércoles, 2 de febrero de 2011

El Imperio Bizantino: Parte I.

Por Juan José Dobles,
Maestre del Círculo Bizantius

Introducción: el Imperio Romano Oriental y la Identidad Cultural Bizantina

El llamado Imperio Bizantino es un ente político cultural que tuvo sus orígenes en la separación administrativa del Imperio Romano del siglo III, la cual creó un sistema de “un Imperio - dos Emperadores”, para facilitar el control de las provincias Occidentales y Orientales. Estas últimas son las que conformaron al Imperio Bizantino y correspondían a los territorios de la Península Balcánica (incluyendo Grecia y las islas del Egeo), Tracia, Asia Menor, las costas del Mar Negro (incluyendo la península de Crimea), Siria, Palestina, Egipto y Cirenaica (costa norte de África). Las expansiones posteriores, principalmente durante el reinado de Justiniano I, permitieron a los bizantinos controlar otras regiones como la Península Itálica, Sicilia, el sudeste de España, Armenia e incluso el noroccidente de Mesopotamia. El hecho de mayor trascendencia para la historia bizantina fue la fundación de Constantinopla en el 330 d.C., lo cual transformó al Imperio Oriental en el principal centro político y religioso del Imperio Romano.

El final del Imperio Bizantino se dio en mayo de 1453, cuando la ciudad de Constantinopla cayó bajo el ataque de los turcos otomanos. Este suceso marcó a su vez el final de la Edad Media y el inicio de la Edad Moderna.


El inicio del Imperio Bizantino como tal es controvertido entre los historiadores. Algunos dan como punto de partida el traslado de la capital imperial de Roma a Constantinopla. Otros sostienen que la verdadera división se dio tras la muerte de Teodosio el Grande en el 395, cuando el Imperio quedó en manos de sus hijos Arcadio y Honorio. Sin embargo, varios historiadores, principalmente rusos y griegos, sostienen que en realidad nunca existió una división política real, pues Arcadio y Honorio eran coemperadores de un mismo Imperio, de acuerdo al sistema de “un imperio – dos emperadores” instaurado por Dioclesiano. Por tanto, el Imperio Oriental era la continuación política directa de Roma. Se recuerda que en la navidad del 800 cuando el Papa León III coronó a Carlomagno como Emperador, lo hizo como sucesor del emperador bizantino Constantino VI, y no como sucesor de Rómulo Augústulo, último Emperador Romano Occidental. Además, las posteriores reclamaciones de los Sacros Emperadores Romanos Alemanes no sólo incluían los territorios occidentales, sino también los orientales por tratarse del mismo y único Imperio.

Los defensores de esta posición señalan que el concepto de “Imperio Bizantino” es una creación de los historiadores modernos, pues los bizantinos nunca se refirieron a sí mismos de dicha manera, haciéndose llamar romanos o griegos. Es sólo durante la última dinastía oriental, los Paleólogos, cuando se abandona la identificación romana para adoptar la griega de manera definitiva, más de acuerdo con la realidad cultural que vivía el Imperio. En esto también jugó un papel importante el distanciamiento con occidente y su cultura latino-germana. Realidad enfatizada por los continuos conflictos entra la Iglesia Ortodoxa Oriental y la Iglesia Católica Occidental que finalizaron con el Cisma de 1054.


Para ejemplificar estos argumentos se puede mencionar que aún en los siglos XIV y XV la región ocupada por los bizantinos era referida en occidente como Romania.

A pesar de estas discusiones, no se puede negar que en el Imperio Oriental la cultura romana se fue transformando de latina a griega, con fuerte influencia de los grandes pueblos orientales como persas y musulmanes, así como la influencia de los eslavos en el norte. Mientras la lengua culta occidental continuaría siendo el Latín aún durante la Edad Media, en oriente la lengua culta será el Griego. La escritura a su vez reflejaría estas particularidades con la tendencia oriental de rescatar el alfabeto griego en detrimento de la utilización del latino. La invención del cirílico a partir del griego para la evangelización de los pueblos eslavos muestra el distanciamiento cultural que buscaba Oriente con respecto a lo Latino.

1. Origen del Imperio Bizantino: Constantino y la Nueva Roma.

A finales del siglo III d.C. el Emperador Dioclesiano reformó el Imperio Romano e instauró la Tetrarquía (2 Augustos y 2 Césares), dividiendo la administración entre Occidente y Oriente. En el 305, Dioclesiano y Maximiano abdicaron, dejando el control a Galerio y Constancio Cloro. Tras la muerte de Constancio en el 306, su hijo Constantino fue aclamado Augusto por las tropas. Ese mismo año estalló en Roma una guerra civil. En el 312, Constantino marchó junto al general Licinio en contra de Majencio. La leyenda dice que Constantino vio en el cielo una cruz con la frase “Con este signo vencerás”. Impresionado, pintó la cruz en los escudos de sus soldados y en su estandarte, conocido como “lábaro”. Tras obtener la victoria en Puente Milvio, Constantino y Licinio promulgaron el Edicto de Milán en el 313, reconociendo el derecho del Cristianismo a existir. En el 324 Licinio murió y Constantino se declaró Emperador Absoluto de Roma. La coronación de Constantino inició la transformación del Imperio Romano del paganismo al Cristianismo, a pesar que Constantino sólo se bautizó en su lecho de muerte. La cristianización del Imperio cumplía el deseo de Constantino de un nuevo orden. Siguiendo el modelo de la religión Zoroástrica en Persia, el Emperador se dedicó al ordenamiento del floreciente Cristianismo. En el 325 convocó al Concilio de Nicea, en el cual se escogieron los Evangelios que integraron la doctrina cristiana y se condenó a las demás creencias como herejías. Constantino afianzó el cesaropapismo que postulaba al Emperador como Jefe de la Iglesia y el Estado. También edificó nuevas iglesias en Jerusalén, Constantinopla y Roma. En esta última construyó las Basílicas de San Pedro y Letrán. La mayor obra de Constantino fue la construcción de una nueva capital para el Imperio en el 330: Constantinopla, la Nueva Roma. Esta se levantó sobre la colonia comercial griega de Bizancio, al margen europeo del Estrecho del Bósforo, punto de confluencia de las rutas comerciales que conectaban Europa y Asia. El traslado de la corte de Roma a Constantinopla aceleró la decadencia del Imperio Romano Occidental.


2. Expansión del Imperio Bizantino y Caída de Roma.


Tras la muerte de Constantino en el año 337, sus tres hijos se enfrascaron en una guerra en la cual se impuso Constancio. Este heredó el trono a su primo Juliano, conocido como “el Apóstata” por sus intentos de restituir la religión pagana y perseguir al Cristianismo. Con Juliano llegó a su fin el linaje de Constantino. Los siguientes emperadores fueron elegidos por el Ejército, dividiendo la administración entre Occidente y Oriente.

2.1. Teodosio el Grande (379 – 395)
En el 379, Graciano (Augusto Occidental) dio el control de las provincias Orientales a Teodosio, un general de origen español. Con Teodosio I se dio el llamado Triunfo del Cristianismo: la derrota de la tradición pagana al oficializarse el Cristianismo como religión imperial. Dos fueron las principales tareas de Teodosio el Grande:
  • Repeler las invasiones góticas (ostrogodos y visigodos) que cruzaron el Danubio desde el norte, debido al avance de los hunos desde Asia Central.

  • Unificar al Cristianismo, resquebrajado por los conflictos teológicos, para lo cual convocó al Concilio de Constantinopla en el 381, que condenó cualquier pensamiento que contradijese los principios acordados en Nicea.

El reinado de Teodosio también se caracterizó por los conflictos con el Obispo de Roma sobre el liderazgo de la Iglesia Cristiana. Al morir Teodosio el Imperio volvió a dividirse entre sus hijos Honorio y Arcadio. Los emperadores posteriores buscaron mantener la expansión del Imperio, pero varios hechos amenazaron la estabilidad política bizantina:

  • El surgimiento del Monofisismo tras el Concilio de Éfeso (431 d.C.) provocó un conflicto entre el Papa de Roma y el Patriarca de Constantinopla. En el 451 el Emperador convocó al Concilio de Calcedonia, condenando al Monofisismo a instancias del Papa. Esto generó la ira de las iglesias orientales: la Iglesia Copta Egipcia declaró su separación de Constantinopla y estallaron revueltas en Palestina, Siria y Asia Menor.

  • Los Hunos de Atila devastaron las provincias orientales, llegando a sitiar Constantinopla y obligando al Emperador a pagar rescate y cederles territorios al sur del Danubio. Atila marchó entonces contra las provincias occidentales. Tras ser vencidos en la Batalla de los Campos Cataláunicos en 452, los Hunos sitiaron Roma, la cual se salvó por la intervención del Papa San León I Magno.

  • En el año 476 el líder bárbaro Odoacro saqueó la ciudad de Roma y se declaró Rey de Italia, provocando la caída del Imperio Romano Occidental. El Emperador Oriental envió a los ostrogodos liderados por Teodorico, quienes derrotaron a Odoacro y fundaron su propio reino en Italia.

2.2. Justiniano el Grande (527 – 565)
El reinado de Justiniano tuvo como característica la enorme influencia política de su esposa, Teodora, protagonista primordial durante la Sedición Nika, una revuelta política desatada en el 532 en Constantinopla que estuvo a punto de deponer a Justiniano. Durante estos eventos Teodora mantuvo firme al Emperador y ordenó la masacre de 40 mil rebeldes en el Hipódromo de la ciudad, poniendo fin a la revuelta.

Durante el reinado de Justiniano los bizantinos lanzaron una serie de campañas militares para recuperar la gloria del antiguo Imperio Romano, marchando con la idea de un Imperio Único y Cristiano. Se lograron grandes triunfos en occidente en contra de vándalos, visigodos y ostrogodos, fortaleciendo el control bizantino del Mediterráneo. Pero estos triunfos fueron a expensas de la ruina de las arcas imperiales y el debilitamiento de las fronteras orientales. Los ejércitos de Justiniano eran liderados por el mejor general de la historia bizantina: Belisario. El Imperio recuperó Córcega, Cerdeña, las islas Baleares, Italia, Dalmacia, varios territorios del Norte de África, y la costa sureste de España. En la frontera oriental, sin embargo, los persas sasánidas invadieron Siria, saqueando la importante ciudad de Antioquía y llegando hasta las costas mediterráneas.


Los mayores legados de Justiniano son la publicación del Código de Justiniano que permitió la preservación del Derecho Romano en la Europa Medieval, y la construcción de la Catedral de Santa Sofía en Constantinopla, obra de los arquitectos Antemio e Isidoro, inaugurada en la Navidad del 527. Al entrar en ella, Justiniano pronunció su famosa frase: “¡Te he vencido, Salomón!”

En los años posteriores a la muerte del Justiniano, Italia se perdió por la invasión de los lombardos, y los eslavos saquearon los Balcanes y sitiaron la ciudad de Tesalónica. La anarquía llevó al levantamiento de Heraclio, exarca de África, quien marchó hasta Constantinopla y se apropió del Imperio a principios del siglo VII. Durante los primeros años del reinado de Heraclio el Imperio Bizantino sufrió la invasión persa de Egipto, Palestina, Siria y Asia Menor. Alejandría, Jerusalén y Antioquía fueron saqueadas y la propia Constantinopla estuvo en peligro. Heraclio marchó contra los persas para recuperar las provincias perdidas y los tesoros de Jerusalén, de los cuales el más importante era la Santa Cruz. El triunfo bizantino sobre los persas marcó una de las mayores victorias militares del Imperio Romano Oriental. Sin embargo, en España los visigodos conquistaron las posesiones bizantinas, mientras en Arabia apareció una nueva amenaza: el Islam. Los ejércitos árabes musulmanes conquistaron Persia y luego marcharon al Oeste. Al final del reinado de Heraclio, Siria, Palestina, Egipto y el Norte de África habían sido conquistadas por los árabes.

Los débiles herederos de Heraclio no pudieron detener la expansión árabe. En los años siguientes los musulmanes tomaron Chipre, Rodas, Creta y Sicilia. También fundaron puertos en Grecia para atacar a Constantinopla desde el mar. Los bizantinos repelieron estos ataques gracias a su arma secreta: el “fuego griego”. La situación fue aprovechada por los búlgaros para fundar un reino al sur del Danubio. Tras el derrocamiento del tirano Justiniano II, el Imperio cayó en caos y anarquía. En el 717 el Emperador Teodosio III abdicó al trono al sentirse incapaz de defenderse contra árabes y búlgaros. El estratega de Anatolia, León III aprovechó la oportunidad para tomar el trono.


3. Los Iconoclastas.

Con León III dio inicio uno de los dos períodos iconoclastas de Bizancio, los cuales se extendieron desde el 726 al 787 y del 815 al 843 d.C. La Iconoclastia fue un movimiento religioso surgido probablemente en Asia Menor, caracterizado por su oposición a las imágenes religiosas por considerarlas idolatría y práctica de origen pagano. Los emperadores iconoclastas prohibieron la creación de imágenes sacras y la presencia de estas en las iglesias. También se persiguió severamente a los monjes y se cerraron muchos monasterios, ya que era en estos lugares donde se confeccionaban las imágenes. Se destruyeron íconos y mosaicos, y se castigó severamente a los artistas. El movimiento provocó un conflicto con la Iglesia Romana, la cual aprobaba el arte sacro. El primer período iconoclasta finalizó con el Concilio de Nicea del 787, convocado por la Emperatriz Irene. Un segundo período iconoclasta inició con la coronación del jefe militar León V el Armenio, pero no logró tener la misma fuerza del primero. En el 843 nuevamente una mujer, la Emperatriz Teodora, derogó las políticas iconoclastas.

Como consecuencia de la Iconoclastia el arte secular bizantino tuvo un gran desarrollo, influenciado por el arte islámico. Además, hubo una gran migración de monjes hacia Italia, escapando de las persecuciones contra los monasterios. Otra consecuencia directa fue el distanciamiento entre el Imperio Bizantino y el Papado Romano, el cual aprovechó el asesinato de Constantino VI por orden de su propia madre Irene, para coronar a un emperador occidental: Carlomagno, en la Navidad del 800.

(Continúa en El Imperio Bizantino: Parte II)

Bibliografía:

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